La prostituta

La prostituta

¡Qué aburrida es la cotidianidad!, exclamó Clara, mientras limpiaba el polvo de los muebles.

Vivía sola en un piso de setenta metros cuadrados, aunque tenía visitas frecuentes de hombres que por una sola noche que pasaban con ella, perdían la cabeza.

Clara, de cara a que sus visitas se sintiesen cómodas, tenía su piso ordenado y limpio. A casi todos los que la visitaban les cobraba mínimo quinientos euros por pasar la noche, solo a tres les ofrecía su cuerpo gratis. Esperaba que alguno de ellos acabase siendo su pareja formal.

Pero no todos los hombres aceptan ser novios de una prostituta.

La visitaban lunes, miércoles y viernes. Los otros días los destinaba a ir al cine, al teatro, estudiar, y escribir.

Era autodidacta, pero la historia y el pensamiento del antiguo Egipto los dominaba. También tenía conocimientos de la poesía del siglo veinte de habla inglesa. Escribía teatro y guiones cinematográficos. Pero todavía no habían representado ni filmado ninguno.

La vida, como todas las vidas tenía sus alicientes, si no… los buscaba. ¿Es la propia vida la que busca alicientes y no la persona en sí? Era un pensamiento que le rondaba desde hacía unos meses por la cabeza. ¿La vida es independiente del sujeto por mucho que el sujeto se empeñe en controlarla?

Clara, no comprendía  por qué no podía dejar la prostitución. ¿Qué trabajo podría encontrar que la mantuviese en el nivel económico y de vida que llevaba? Además le gustaba follar con sus clientes.

Todo es cuestión de polvo y aunque su casa tuviese mucho, no quería meter en casa una mujer de la limpieza que se lo quitase, prefería tener amantes y echar más polvo. Ella sería siempre la reina de la casa, no habría ninguna otra.

Con el paso del tiempo se alarmó. Un cliente, le dijo, que tenía los pechos un poco más caídos.

Clara, frenética, primero se sonrojó, luego le abofeteó la cara. Su cuerpo empezaba a envejecer. ¿Pagarían por él lo mismo cuando se fuese marchitando?

La solución era buscar gente interesada en sus guiones.

De una vez por todas, tenía en mente mover un texto propio que tenía entre manos. El cambio había empezado…

 

 

 

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