El hombre gris

La herencia no le había satisfecho. Había obtenido más de su abuelo, un amigo, que él. Pensaba, que complejas son las relaciones, yo también quiero más a algunos amigos que a mi familia.

Jorge era un hombre común, de los que han existido toda la vida. Pero aun así, se distinguía por su perseverancia. A su primera mujer, la consiguió, después de dos años acechándola hasta que ella se cansó y se casó con él. La segunda fue una infidelidad lo que le condujo a sus brazos. Cuando se dio cuenta, lo dejó. La amante que nunca había querido una relación estable, sucumbió ante él, también, o quizás, por lo pesado que fue Jorge.

El trabajo lo tenía desde los veintiún años, al finalizar la carrera de económicas, lo consiguió. Por la constancia había ido progresando, y ahora era un alto cargo de su empresa.

También tocaba el piano, sin ser excelente, tocaba las sonatas de Schumann notablemente. Todo, debido a que desde los seis años cada día había tocado como mínimo veinte minutos.

Pero  su vida cambió bruscamente. Vio un documental de una tierra exótica, de los andes bolivianos, y se enamoró de su naturaleza. Siempre había sido un urbanitas, nunca le había llamado demasiado la atención la naturaleza, pero esos parajes vistos en el documental, amenizados con música andina, le habían encandilado.

Le dijo a su mujer  que se fuesen a vivir allá. Ella, le dijo, que se había vuelto totalmente loco. Jorge contestó, que siempre había hecho lo que se había esperado de él. Que quería ser diferente, no quería ser más un hombre gris.

Ella, le dejó. No sé si en un tiempo lo reemplazó. Y Jorge lejos de irse a vivir a Bolivia, ingresó durante cuatro meses en un sanatorio mental. Cuando lo dejó su mujer cayó en una espiral de depresiones de la que creía que no iba salir. Es más, como dicen los especialistas antes casos como el suyo, ni él quería salir de su depresión. Que se regocijaba en su tristeza. Hasta que un día, se cortó las venas de la  muñeca. Nada más hacerlo, muerto de miedo, llamó a la última mujer que le había dejado, que fue a su casa y le gritó que la próxima vez lo dejaba morir.

En el hospital, al cabo de un tiempo empezó a soñar. Se iba a apuntar a un gimnasio, iba a salir cada noche, leería todo lo que le apeteciera a la hora que fuese, y solo tendría amantes.

No sabemos si sus sueños se cumplieron o no. Pero lo cierto es que era un hombre muy gris.

 

 

 

 

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